Juguetes rotos

Vamos de nuevo al ruedo. No sé por dónde empezar si quiera, pero aquí voy. Quien ha tenido la infortuna de llegar hasta aquí, sabrá seguramente que la derrota se instala de inicio en mis textos y termina en algo mejor que no podría decir esperanza. Es mi forma retorcida de salir de la pérdida. Seguramente son los frutos de haber leído La Senda del Perdedor, de Charles Bukowski, que hicieron su efecto en mí. Con muchísimo menos whiskey que el poeta norteamericano me atrevo nuevamente a soltar lo que está dentro de mí.

Pensé en no dirigirme a ustedes (a mí mismo en realidad), pero la desgracia hizo nido en el computador. Una novela fabulosa y de la que soñé publicar para hacerme con el Nobel fue borrada en un daño irreparable. Asentí que formatearan el aparato sin recordar que mi joya estaba dentro. Bueno, siendo sinceros apenas debí tener unas 30 y tantas páginas. Pero duele bastante porque parte de lo que fui y soy no lo podré volver a leer jamás. Ahora tendré la precaución de colocar un respaldo para no lanzar al pozo tan buen trabajo. Y hacer memoria, que mis personajes siguen anclados a mi cerebro, en espacios recónditos esperando ser recuperados.

En fin, 2026 me sigue probando como su mejor guerrero, tal cual lo hace Dios con sus más fieles creyentes. Pero no soy una víctima sino más bien el responsable de las consecuencias de decisiones no tan buenas. Les decía entonces que este año inició complicado pues una ruptura me ha dejado desecho, sin saber para dónde tomar. Sigo a la razón desde el fondo de un cuarto oscuro y solitario para que las heridas no me dejen en el abismo. Porque debo continuar viviendo y no soy un poeta decapitado, sino únicamente un escritor de una prosa elocuente (mira qué cosas digo).

Pero esta no será la entrada para desatar la herida del corazón. Esa historia quedará por cocinarse más adelante, mientras me hurgo el corazón por otra cosa. Por ahora, vienen a mi cabeza las imágenes del pasado. Y la terapia me vuelca en recordar la niñez, la adolescencia de la persona introvertida y huraña que soy. Siempre pensé que en la repartición de personalidades me tocó esta. Y ahora me indican que soy, como todos, el cúmulo de la formación de otras personas a mi alrededor. Entonces lo dudo, porque me queda por dentro la espina de ser diferente solo porque sí. Sin embargo, atiendo a la reflexión profesional y observo los ejemplos: son contundentes. La familia y el círculo cercano modelaron esta máquina imperfecta que hoy le ha dado por escribir nuevamente.

Uno a uno los recuerdos dan en los clavos. Las heridas de la infancia siguen latentes en mi presente y una rabia mezclada con vergüenza empieza a colmar el vaso que se derrama. Busco en los cajones de la mente y van saliendo dolencias a las que no había puesto atención jamás. Son como juguetes rotos que encuentro en el camino, porque mi sentimiento de soledad me exige muestras vívidas y no únicamente los rezagos del ayer. Y una imagen ajena aparece en mi cabeza, muy lejana de nuestro continente: una niña sostiene un peluche desecho en medio de los escombros, donde los cuerpos de sus padres y hermanos yacen. Fue una foto que miré hace un par de años y me hizo maldecir la ocupación israelí. Maldecir toda la injusticia del mundo.

Esa niña no soy yo ni de lejos. Solo es la forma de mi soledad al momento de escribir este texto. Nada más cruel que un menor sosteniendo un juguete roto en medio de escombros. Así me siento muchas veces, aunque la gente que amo me sostiene del pozo profundo al que mi mente me arrastra incluso en medio de risas. Y así como clamé justicia por ella me atrevo a darle la mano a mi niño interior. A dejar la indiferencia de la adultez sobre mis hombros y hacer algo. Lo que sea necesario por mí.

 

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