Camus, Toty Rodríguez y un cementerio en París
Entro en la sala de cine con mi soledad a cuestas. Decido asistir a una función gratuita ofrecida, como casi siempre creo, en la Cinemateca Ulises Estrella de la Casa de las Culturas Ecuatoriana. Previamente había visto el anuncio: Mi Tía Toty. No tenía muchas expectativas buenas, pudo más las ganas de no llegar a casa y aprovechar el tiempo con algo distinto. Y resultó ser una de las mejores decisiones ver en la pantalla grande a la primera actriz en darse una mucha en televisión nacional con Don Alfonso, ese ícono de las noticias.
El film empezó con varias risas hasta llegar a las
carcajadas, con el tiempo debido para contener lágrimas que no alcanzaron a
salir y se quedaron atoradas. Es curioso como la vida nos permite conmovernos.
Entiendo que hay muchas explicaciones para tal suceso, incluso científicas.
Pero yo no soy médico ni científico, únicamente un lector y aprendiz de
escritor. Con la emoción que me dejó en mi cabeza el documental, le solté a mi
mejor amiga que si hubiese sido mujer, me habría encantado vivir las historias
de Toty Rodríguez.
Y para que un macho ecuatoriano promedio como es uno diga
que, si hubiera sido mujer, le habría encantado vivir las historias femeninas, créanme
que es algo que merece la pena ver. Ahí es cuando agradezco los fondos
estatales que permitieron a este llamingo ver una maravilla y sin pagar. Percibir
la construcción de Toty como actriz y mujer libre, me revolcó el pensamiento. Daba
un gusto ver a la ecuatoriana con un francés fluido, paseando gloriosa en
París, La Meca del arte antes, y capaz hasta hoy. Lo digo para dimensionar que
ella venía de un país invisible para los europeos, que seguramente en esos
lejanos 60s, no era nada.
Les decía que, en este caso, me habría gustado ser mujer
para sentir mejor lo que la actriz ecuatoriana vivió a lo largo de su vida.
Evidentemente están los viajes por el mundo, la buena vida, los amantes, la
comida. La parte “feliz”. En la “mala”, como muchos artistas por lamentable o
cliché, están las crisis de depresión. Como lo cuenta ella a través del lente
de su sobrino León Felipe Troya, director de este audiovisual, incluso ha
pasado hasta 2 meses en cama sin ganas de nada. Queriendo que la vida se esfume
en un santiamén. El resto que le aman, esperando que baje de esa Nube Negra,
como dice Sabina a esa cosa horrible cuando la vida duele demasiado.
León Felipe graba las llamadas donde Toty no puede
hablar, porque no quiere. En mi cabeza suena un silencio y miro esa nada
dibujada hace un par de meses en una hoja de cuaderno. Ese pozo sin fondo que
arrastra cuando lo quedamos viendo. Una atracción absurda de la mente. Porque a
ella no le falta nada a su alrededor, pero seguramente en su interior sí. Como a mí. Y ahí está lo grave, como se dice
en la calle. Aquello es una puerta cerrada que hay que derribar sin permiso
alguno.
Somos risas y lágrimas. Toty Rodríguez lo sabe. Tanto así
que me veo en la obligación de explicar el título del texto. En el trajín de
armar el documental y rememorar sus anécdotas, deciden viajar a París. Una vez
allí, ella se acerca a la tumba de uno de los hombres con los que compartió la
cama y el corazón. Él habría sido una suerte de ayudante de Albert Camus.
Entonces ella le pide disculpas por haberlo dejado y seguir al ecuatoriano de
su vida, Pedro Saad, quien le endulzó el oído y vino a trabajar y empezar una
relación en su Ecuador.
Resulto graciosísimo escuchar a Toty defender la
virilidad de aquel hombre francés de los comentarios de su sobrino. Ver la
pena, las risas y una mirada profunda hacia una gris lápida de un cementerio en
París.
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