Un abril sin primavera

 El tiempo pasa y abril volvió, como volverá el año siguiente. Y así sucesivamente hasta que seamos recuerdos y olvido. Abril para siempre. Mi espacio cumple 2 años y celebro que aún puedo escribir aquí. No es mi mejor momento. Aún me cuesta admitir lo que sucedió este año. Incluso recientemente la vida me puso contra las cuerdas. El 8 de abril pasado me despidieron de una empresa a la que siempre le desearé lo mejor, al igual que a compañeras y compañeros: ahora los considero amigos. En medio de la desgracia pude hallar la gratitud y aunque, aún me duele, solo espero que lo mejor nos venga a todos.

El destino fue caprichoso y no me dio lo que quería, aunque sigo en búsqueda de aquello que mi corazón desea realmente. ¿Quién me ha robado el mes de abril?, fue sin duda una de las canciones con las que empecé a vivir este tiempo.  Incluso antes de la pérdida laboral, pero si después de la pérdida afectiva. Es asombroso como el corazón se rompe y la vida sigue. Definitivamente las desgracias nunca vienen solas. Pero en medio de las lágrimas por todo esto, me abrazo por elegir terapia psicológica para mejorar mi vida, lejos de las expectativas de una mente soñadora.

He llorado en los últimos días, lo que no he llorado en unos cuantos años. Las lágrimas cubrieron mis mejillas, mientras mi corazón se agitaba queriendo escapar a los sucesos. Sentía caer en la nada sin nadie en la orilla que me auxilie. Cómo lanzarme a la mitad de una piscina sin la menor idea de natación. Felizmente la realidad no corresponde con esta metáfora de la derrota. Mi circulo familiar y mis amigos me sostuvieron en esos momentos de casi absoluta oscuridad y negación. Cuando nada cobra sentido y la realidad golpea.

Acá no puedo dorar la píldora y decir que siempre vendrá algo mejor. Tener seguridad es algo más que palabras bonitas. Pero tal vez sí. Lo que no pasará mágicamente como yo deseo o ustedes que leen mis líneas. Esa ilusión de despertar mañana con todo sobre la mesa y la cama. Que al abrir mis ojos solo contemple la tranquilidad y ser feliz. Todo ello lastimosamente es una cruel ilusión que se vuelve trizas en el instante que la realidad me llama para que baje de las nubes. Porque, aunque tarde o a la fuerza o por desgracias, llega el momento de hacerse cargo de uno mismo.

A fuerza de caídas y derrotas, he aceptado algo que un amigo me dijo hace muchos años. La felicidad son momentos. No puede ser un estado permanente. No por muchas razones. Un amor que se fue, la pérdida de un ser querido, la pérdida de un trabajo, la desgracia en la carretera, las enfermedades, en fin. Son tantas cosas dolorosas las que pueden ocurrirle a un ser humano. Sufrir es parte de estar vivo. Sin romantizar, esto es así. No hay muchas razones ni lógica que darle, solo aceptar que así sucede. Que no somos “los guerreros favoritos de Dios”.

Si algo puedo decir para alumbrar esta oscuridad es tener mucha fuerza para cuando la mente insiste, una y otra vez, con la pregunta que se hace Sabina: ¿Cómo pudo sucederme a mí? No lo sé. Talvez si es una consecuencia de nuestros actos o solamente un resultado caprichoso del destino. Todo depende de cada uno. Porque si todo encajara donde es justo, en el mundo no morirían niños inocentes en guerras absurdas y animales no sufrirían crueles torturas. Lo digo para aclarar que no siempre lo que sucede es el resultado de un hecho en el que estemos involucrados. No siempre tenemos responsabilidad.

Nada es absoluto ni sempiterno.

 

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