Rayuela nunca más

Decir adiós no es fácil cuando dices te amo y cierras la puerta tras de ti. Cuando no quieres irte, pero no queda opción. Sin otra vuelta que darle cuando la respuesta es un no definitivo. Extraño ese abrazo que casi podía sentir de solo pensarlo, y los besos al despertar y al terminar el día, fueron alimento; hoy son alpiste para el recuerdo, como diría el Pájaro Febres Cordero. No pude sospechar siquiera que los cambios que pedí para este año, en papeles que ardieron en el año viejo, se transformarían en nuestro final. Los deseos de año nuevo son una cosa peligrosa para mí de ahora en adelante.

Siguen en mi memoria los detalles de una despedida en medio de lágrimas y maletas llenas de ropa. Una sucesión de hechos en piloto automático. No hay equipaje que resista las ganas de quedarse. Mientras iba en el bus de retorno con mi familia, mi mente seguía en el instante de ruptura y no podía asimilar lo que pasó. Ya no éramos dos, el sentido de pareja se había acabado. Los días siguieron contándose en el calendario, mientras en mi pensamiento se ancló repetidamente la necesidad de volver, para reivindicar lo que no pudo ser. Cuesta entender que nunca jugaremos rayuela nuevamente. Cuando me fui, no me alejé.

Los días más grises los he vivido este 2026. Hubo momentos que sentí profundas ganas de salir corriendo hasta donde ti. Que aquello que solo se mira en las películas se transforme en parte de la vida real. Un regreso de cuento de hadas. Una puerta abierta y tus brazos sobre mi cubriéndome de las desgracias de la vida. Y en la cabeza, la película de instantes felices repitiéndose una y otra vez sin consuelo. Ninguna idea pareció suficiente para remendar un saco roto, mientras mantuve a la esperanza de regresar, como única bandera de lo que fue mi realidad. Que hayas dolido solo significa que te amé con intensidad, el resto no me interesa.

Para colmo de males, sobra decir que soy una persona aferrada con los suyos. Quizá no lo parezca. Incluso para ti, no fue fácil que llegar a mi corazón. Y sucedió. Por eso duele tanto. Aunque estuve en la despedida, me faltó valor para irme por completo. Tal vez nadie pueda irse sin mirar atrás con el corazón partido. No alguien que amó, que ama. Supuse un montón de veces que si te odiaría, las espinas del corazón no estarían ahí. Que dolería menos o nada. Pero no es así. Celebro que te amé con todo lo que soy, aunque mi comunicación no supo manifestarlo lastimosamente.

 Volví a escribir. Continúo haciéndolo. Aún existen líneas con las cuales no me siento conforme. Que no alcanzan a ser suficiente para el tributo que quiero entregar a lo que fuimos. Bueno, aún ni siquiera me siento conforme conmigo mismo totalmente. Esta catarsis de soltar sobre el papel aquello que se encuentra entre pecho y espalda, me ha liberado. Me ha permitido entenderme más, llorar más y darle algún sentido a los caprichos del destino que últimamente no han jugado a mi favor.

Hoy puedo expresar con algo de calma esa quimera. Asumir que ya perdí me ha costado. Me di cuenta de lo mucho que significaste para mí, porque tu ausencia se notó en mi vida, como una parte de mi mismo que ya no está y que se quedó en alguna parte. Ya no cantas mientras limpiamos la casa y tu gata duerme siestas infinitas en la sala mientras oímos Antes de que cuente diez, de Fito y Fitipaldis. No voy a sentirme mal, si algo no me sale bien. He aprendido a derrapar y a chocar con la pared”.

Me voy de tu vida no para siempre, porque puedes contar conmigo las veces que hagan falta. Con la gratitud por cada instante compartido. Con el corazón abrazado por las risas en el Centro Histórico de Quito, por tus leyendas y tu arte, por bailar y beber en una casa marika, como la definen tus seres amados a lo que fue La Emancipadx.  Por ahora estás presente en tanto Henry Miller desata sus bajas pasiones en un París del siglo XX y yo intento comandar mi vida. Con toda la rabia y la impotencia del mundo, soltar es necesario.

Encuéntrame cuando quieras en los arupos de la Plaza Grande, en La Casa de Los Espíritus, en Pedro Páramo, en José Saramago, en la coyuntura política de este Ecuador amazónico, en las muchas historias escritas y visuales que compartimos el tiempo que la vida nos permitió. Yo te veré en cada cuadro, en las máscaras, en las esculturas de la capital, en lo que aprendí de Claude Monet. Adiós, bella cronopio.

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