10 años después del terremoto en Ecuador
La noticia me llegó, como buen ciudadano, desde una historia de Instagram a través de una cuenta genial a la que sigo. Lo siguiente fue una pregunta: ¿Qué hacías aquel 16 de abril del 2016? Una fecha macabra para el Ecuador. La tierra decidió golpear las costas de nuestro país. Manabí sufrió demasiado. Familias enterradas en los escombros. Sangre y dolor en las calles. Gente corriendo desesperada. Llamadas a familiares y a la gente que amas para saber cómo estaban, para saber si aún estaban vivos y la desgracia no tocó la puerta.
Inmediatamente vi la pregunta sobre qué hacía el día del
terremoto, mi memoria se activó. En ese entonces estaba en una relación con una
compañera de universidad y vecina de mi pueblo. Recuerdo que pasábamos prácticamente
todo el día juntos. Únicamente ir al baño se convertía en una actividad en
solitario. Y ese día, tras una pelea el día anterior o días anteriores, tenía
pensado que lo nuestro no podía continuar. Lo dije en mi mente, pero jamás las
palabras salieron de mis labios. No pude. Me cuesta desprenderme de los seres
amados.
Luego del intento fallido de terminar una relación,
fuimos a comer en compañía de una amiga suya. De pronto todo se empezó a mover
horrible. Al ver fuera del local donde estábamos, vimos que los postes de luz
se balanceaban y los cables zumbaban. Duro bastante y fue traumático. Mi pareja
de entonces quiso salir despavorida para no ser aplastada por el techo. Yo me
tranquilicé, no sé como ni por qué. Sólo mantuve la calma. Le sostuve como pude
sin saber hostia de terremotos. Luego de pagar lo que consumimos, nos dirigimos
a la tienda de su mamá. Ahí, los vecinos ya comentaban la tragedia.
Las redes sociales y los medios de comunicación tradicionales
empezaban a relatar uno tras otro los hechos en Manabí y Esmeraldas. Edificios
destruidos hasta sus cimientos. Cuerpos aplastados en medio de escombros. La magnitud
del terremoto fue de 7.8 y volvió a los hogares nada. Un panorama de dolor y
tragedia que aumentaba cada vez que la tierra volvía a sacudirse con temblores
que siguieron al gran sismo. En medio de eso también llamé a mi mamá y me dio
una tranquilidad saber que ella, mi papá y el resto de la familia estaban bien.
Con temor, pero vivos.
10 años después las heridas siguen y ahora son recuerdos.
Y sí, el tiempo hace su trabajo, aunque no lo resuelve todo. No es un mago que
desvanece lo que duele. Viendo las cosas lejos del apego y el enamoramiento,
aquella relación acabó, no con felicidad como me hubiese gustado. El tiempo que
viví junto a esa mujer queda como el relato de una historia agridulce. En otros
seres humanos los recuerdos exigen ir al cementerio y mirar las lápidas de los
seres amados con quienes nunca más pudieron hablar para decir un te quiero o un
adiós. Fueron más de 600 muertos según Primicias.
Hemos mirado el tiempo pasar año tras año. Aunque no soy
un anciano aún, la nostalgia me recorre las venas por estos 10 años en los
cuales he cambiado. Ya no vivo tanto tiempo en las nubes, pero me confieso un
soñador de días mejores. Volví a amar y a perder. Pero si pensamos que un
terremoto puede volver a ocurrir un día, ¿Qué desearíamos hacer? Porque la
tierra también tiene sus arrebatos y nada está dicho. Ojalá que no vuelva a
suceder algo así, por su puesto. Menos en la situación actual, donde seguimos
intentando levantar la cabeza por la pandemia.
Si llega a suceder, espero que las palabras ya no se
queden dentro de la boca y floten por el aire hacia los oídos que deban
escuchar. Que hagamos el amor las veces que queramos y no odiemos tanto porque,
aunque el tiempo seguirá su curso, nosotros no.
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