Ya perdí
Ya
perdí un amor sano y hermoso con sus matices de imperfección, ya perdí un trabajo
tranquilo y estable, ya perdí tiempo, ya perdí el camino. Intento volver a
ponerme cuerdo y sostenerme a la vi da pendiendo de un hilo. Hay escasos
colores en el gris que tamiza mi mirada. Soy un poco Iñaki, el personaje de Rafael
Lugo, pero sin la ingesta de alcohol suficiente como para encerrarme a llorar
abrazado a una botella de tequila o whisky. Mis quejas no son tan poéticas como
las de aquel personaje. No es la primera vez que pierdo, pero esta vez me llegó
un combo de despedidas.
La pérdida
debe ser una de las etapas más difíciles de atravesar en la vida. Es como
caminar por una acera y que, de pronto, antes de colocar el pie delante, todo
el camino se vuelva un hueco profundo donde la única certeza es la caída. Como
si el suelo donde segundos antes pisabas, ahora se hunda y no puedas seguir más.
Aquello que estaba en tus manos, en tu cabeza, en la piel y en el corazón, se
fue. Que no quedó ni la sombra y el eco de las voces en tu cabeza te provoca ganas
de llorar.
Aunque
las lágrimas ayudan a limpiar el desastre en mi corazón, a veces ni siquiera
eso sucede. Como si las lágrimas se negaran a salir de dentro y solo en ocasiones
se permiten ver la luz fuera de mis pupilas. Cuando algo profundo y sensible me
araña el corazón, se filtran apenas por las esquinas de los ojos. Y entonces
pienso que mi propio dolor no es suficiente para que eso suceda, sino que algo
de fuera debe conmoverme. Aunque prefiero eso a tener un pañuelo en mis manos
las veinticuatro horas del día. Mi melancolía tiene que guardar las
apariencias.
Mientras
intento resolver el enigma de la sequedad en las cuencas de mis ojos, observo
los problemas de los demás y me invade más tristeza. Desde mi herida de
infancia, reclamo al universo por justicia. Ser o intentar ser buena persona
deja de ser suficiente cuando el destino sigue su curso como caballo desbocado.
Y entonces, más y más razones se fabrican en mi mente para alimentar la idea de
que las circunstancias actuales deberían ser mejor porque “merecemos” algo
bueno. Pero esta idea se hace trizas a punta de realidad luego de haberla pensado.
Gracias
a las sesiones de terapia, me permito observar con conciencia mi herida de
injusticia. Y entonces comprendo que, si es verdad que hay injusticia en el mundo
y en mi vida, pero que cada cosa que sucede y me afecta, no fue a propósito de
la vida en mi contra. No soy el “guerrero de Dios”. Los hechos solo se suceden
uno tras otro, aunque existan actos que tienen consecuencias. Todo esto llega
luego de sentir como el corazón late tan fuerte para regresar hasta donde ti,
luego que mi respiración se calma y puedo dar otro paso sin caerme. La luz
también logra filtrarse en la oscuridad.
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