Bucear la realidad
Hace más de un mes que pensaba que ya lo había dado todo y no quedaba más de mí. Que ya era suficiente. La derrota se instaló cuando todas las batallas anteriores las perdí. “Perdemos y perdemos hasta que decimos. Sabes, ¿Qué rayos estoy haciendo aquí? No tengo razones para continuar”, como le dice Mickey Goldmill a Rocky Balboa. Así me sentía. Es ese cansancio de uno mismo y de la miserable situación donde la mente te lleva. Cada cosa que no sale como uno espera, termina por convertirse en los eslabones de la cadena que tejemos a nuestro alrededor. Es, muchas veces, lanzarse mierda encima.
Fue, sin duda, una de las más pavorosas crisis de
ansiedad de este año de pruebas, que pusieron al descubierto la fragilidad de
una mente llena de miedos. Parecía que todas las sesiones de terapia no
hicieron efecto alguno y quería fundirme al viento, como escribí una vez en una
entrada anterior del blog. Seguramente es lo que sienten los personajes de Milán
Kundera en la Insoportable levedad del Ser. Y aunque no pensé
en quitarme la vida en una montaña de suicidas, sentí que debía dejar de
intentar, porque todo intento lleva al fracaso. El esfuerzo nacía estéril: empezaba
con la idea de perder. Exigía a la vida una victoria, una al menos. Consideraba
que ser buena persona es cheque de cambio para que a uno le pasen cosas buenas.
Así no funciona. Muy pocas veces. Es cuestión de mirar
alrededor: allí encontraremos más injusticias que merecimientos. Era como una
mala racha que no me deja, pensaba. Ningún anuncio de empleo asignado en la
bandeja de mail. Mi padre, inutilizado en una silla de ruedas, dependiendo
totalmente de los demás. La tristeza de una relación pasada. Todas estas
experiencias me hacían vivir con intensidad la pérdida. Cada día pesaba
demasiado. Dentro de mi esperaba poco y nada. Solo deseaba menos desgracias al
finalizar el día.
Tras una última sesión de terapia con una maravillosa
psicóloga como lo es Geovana, el clic que había esperado pasó. No fue un
milagro. Fue un proceso que demandó lágrimas, días malos y una búsqueda
interior. Lo último aún ocurre. Fue caer y levantarse repetidamente. Incluso
hasta el hastío. Es verse como uno es, fuera de lo que dice la familia, los
amigos, la gente. Aquellas definiciones de lo que es un ser humano y termina
por creerse: las desafié. El símbolo de esta liberación de un hombre miedoso,
fue hacerme un tatuaje de la rayuela en mi antebrazo derecho. Desde entonces el
miedo es un invitado que me ayuda a prevenir, no a dirigirme. Aunque apenas es un
cambio, abrazo con emoción este presente.
Casi había olvidado como es dormir sin culpa. Sin examinar una y otra vez mis errores. Cada acción que pudo facultar ese pozo profundo de infelicidad. Aquella Nube Negra, como define Sabina a la depresión. Batallo para darme el valor que requiero cada día, con la elección de un ser distinto al que fui: una versión fuera de clichés. Aunque sé que puedo volver a caerme, tengo motivos para secar las lágrimas y seguir. Persigo con ilusión una auténtica calidad de vida. Ya no quiero el refugio emocional en las personas que amo.
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